La década empezó una nochebuena en Pacha, una joven promesa, un frescor de veinte años. Morena, con dos ojos saltones y un cuerpo de escandalo. Dormimos en un piso perdido de Malasaña. Nos habíamos liado un par de meses antes. Esa historia terminó en agua de borrajas, pero por unos pocos momentos, aquellos desde que salimos de la barra y anduvimos por Espíritu Santo desembocando en Jesús del Valle, nos creímos invencibles.
La década terminó de manera identica. Otra nochebuena en otra discoteca, y cabalgando en el coche al estilo adolescente. También nos habíamos liado hacía un par de meses. Esta vez era otra morena, mas caderona, pero de autentico vértigo, la que me acercaba a los cielos. Para volver a casa a eso de las 8 de la mañana creyéndome haber visto un ángel.
No puedo si no encadenar ambas historias, aunque hayan pasado 10 años entre ambas para reflejar el poco movimiento en mi vida. Pura lateralidad, sin ninguna verticalidad.
Entre medias, 10 años de disparates, sin mucha alternativa al mismo. Si la década empezaba saliendo de una historia eterna en esta no las ha habido, las ha habido a miles y de todos los colores, pero ninguna de ellas ha marcado el ritmo a las demás. Aunque de todas me he llevado algo, principalmente una desilusión conmigo y con mis propias circunstancias.
Diez años que se han ido tan deprisa como la humedad de una tormenta de verano. Tan deprisa que es difícil precisar que ha pasado en ellos.
Sé que se ha pasado muy bien, y que en algunos momentos creíamos que teníamos dominado ese caballo desbocado en el que vivimos. Pero resulto una quimera, el disparate continuo, haciéndonos cada vez más parte de el.
La inexperiencia se convirtió en experiencia al ritmo flagrante de la desilusión.
¿y que podemos decir? No mucho más me temo...
Toca empezar otra vez un cuaderno nuevo para intentar no escribir torcido, intentando buscar las palabras más adecuadas a los problemas más acuciantes.
Intentando estar a la altura y sin exigir mucho. Si algo hemos aprendido esta década es que las circunstancias casi siempre podrán con nosotros.
Hay propósitos anuales, y hay propósitos decanales.
El año nació entre incógnitas, brumas y fantasmas, demasiadas cosas sin cerrar de años anteriores. Demasiadas posiciones abiertas, con los riesgos que conlleva. El año nació en Asia, entre corrientes de agua y feng shui arquitectónico, con la perspectiva que te da viajar y estar lejos de casa. 2015 empezó en un una bahía, inmensa, con rascacielos tocando el cielo, y andamios de bambú que recordaban que lo débil y lo fuerte son conceptos relativos.
La vuelta a casa hizo que desaparecieran las nieblas y nos enfrentásemos a nuestras rutinas, enfilamos las mismas avenidas que nos dirigían a los mismos sitios. Me acerqué a buscarla a su portal, estaba hecha un manojo de nervios, no estaba contenta, intentaba huir para llegar al mismo sitio, la acerqué al aeropuerto. De camino me preguntó que si no me daba miedo que se enamorase de otro, dije que no. Nunca me dio miedo eso, al final uno es quien decide escribir su destino. Y siempre fui incapaz de mentirme a mi mismo.
El invierno fue lento y pesado, frio y largo como todos los años. Rutina, trabajo, montañas y traviesas. Alguna fiesta, alguna comida. Pero no dejó mucho de sí. Conversaciones en ese ático de cristal, blablababla. Nada definido. Como una lenta espera a que empezase la acción. Volví a la montaña. Aquella fue nuestra última fondue, bajando a Médran comimos en Chez Dani. El día había sido malo, poca visibilidad y las montañas tenían un cierto aire siniestro -"ese cielo, aún tan negro, que es nuestro cielo"-. Pedimos una botella de vino. Había pasado el tiempo, ya no éramos esos dos niños gamberros que se buscaban en las discotecas, el desenlace se acercaba. El decorado era el mismo, una montaña inmensa. Dos personalidades a medida. En parte era tan único como cuando empezamos. Nos mirábamos y nos reíamos. Con mas miedos que otros inviernos, con esos muros de silencios que tantas veces nos impedían contarnos lo que de verdad nos preocupaba. Luego nos peleamos, como siempre. Volvimos a dejar todo apostado al destino.
Have you fixed your eyes to the wind?
Will you let it pull you in again?
On the way back in?
I’m a bit run down here at the moment
Let me think about it babe
Let me hold ya
Hasta ese día, quizás el día mas importante del año. Me estaba yendo de Madrid cuando pensé, no lo hagas, no hay por qué. Pensé que lo acertado era quedarme. Hablar. Entender ese muro entre nosotros. Fue una intuición como pocas veces la he tenido. Como si algo se hubiese desbloqueado en mi. Alguien que soplaba en tu oído, juégatela valiente.
Pero todo estalló, como una bomba nuclear que eclosionó dentro de mi cerebro. Nunca me encontré tan fuera de juego. Fue radical y violento. Fue innecesario. Pero al mismo tiempo fue algo autentico y puro. Un naufragio en noche cerrada contra unos acantilados tan altos que las nubes no dejaban que asomase un rallo de sol. Volví a mis noches eternas, pensando en como podía haber llegado ahí. Que estaba tan mal dentro de mi como para haber llegado a ese sitio. Y sin embargo supe que ahí quedaba una etapa. Que había algo que se había cerrado para siempre.
"Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos"
No sé como me levanté, no sé ni siquiera si me conseguí levantar. Los días volvieron a ser eternos, el reloj remaba constantemente contra mí. En días como esos entendí la generosidad de la amistad. Deuda que no me quedan días por vivir para poder pagar. Si no me hubiese encontrado con esa canción y esas líneas de Pessoa pienso que no habría tenido forma de sobrevivir. Volvia a ellas cada vez que flaqueaba. Puse todo mi empeño en olvidarte, como si fueses un recuerdo que ahogas en el mar y que hace esfuerzos por salir a la superficie. Mi fuerza mental consiguió acabar con ello, dejaste de patalear y vi como finalmente te hundías en el mas oscuro de los océanos.
A partir de ahí se abrió una nueva vida, completamente virgen, en que no tenía herramientas que utilizar, todo era nuevo en mi. La primavera me arrancó una sonrisa, el sol nos ofreció de nuevo la vida. Empecé a correr de verdad, entre campos de trigo, encinas, acantilados, jardines franceses y bahías infinitas. Volví a nacer. Conseguí que murieses dentro de mi. Entendí que todo estaba en mi cabeza y que todo era mucho más sencillo de lo que yo lo pintaba.
Me volví a reír. Y en cuanto entendí eso fui capaz de volver a mirar. Y entonces apareció ella, era rubia, con ojos grandes y una lengua mordaz, rápida como un rayo, una bruja moderna llena de cicatrices en el alma y una huella de abandono. No pude si no invitarla a cenar. Ella advirtió mi debilidad y me machacó, me golpeo como nadie lo había hecho nunca. Era un espejo que me ensañaba mis miserias. Y yo ahí, hecho polvo y buscando más dolor. Cuanto más golpeaba mas me levantaba. Fue mi sparring. Durante dos meses. Día y noche. Solo interrumpido por momentos de placer, para perdernos y fundirnos. Mi alma echa trizas le estaban dando pimienta y sal a granel. Al cabo de dos meses tenia la cara magullada y el alma nueva. Me había dado cuenta de todas mis mentiras. Me había quedado completamente a la intemperie. Elevado, consciente de todos mis errores y cada vez mas abocado al silencio.
Un día andando por la playa comprendí que el alumno se había graduado y que el curso intensivo de formación vital había acabado. Yo no era capaz de seguir ese entrenamiento. Había aprendido todos los trucos y yo no era capaz de desactivar esa maquina de pensar. Ella, una persona increíble solamente había cometido un error: empujada por su propia supervivencia había permitido que su inteligencia interfiriese con su felicidad. Había llegado de manera sincera, había recibido ese nuevo bautismo, pero había sido todo tan profundo que algo me dijo en mi que ese mar no sería mi mar. Que era una etapa en el camino, que nunca me olvidaría de ella y que en cierta forma era parte de mi. Nunca encontraré la forma de agradecerle todo lo que había hecho por mi.
There’s a cold wind blowing down my old road
Down the backstreets where the pines grow
Where the river splits the undertows
But I’d be lying to myself if I said that I didn’t mind
Leave it hanging on a line
Lost inside my head
Is this the way I’ll be denied, again?
So I'll set my eyes to the wind
But it won’t be easy
To leave it all again
Just bit run down here
El otoño volvió a aparecer doblando la esquina. De manera pausada, sin imprevistos. Era la primera vez que estaba preparado para una batalla que preveía larga, y sin embargo estaba contento. Por primera vez en muchos años lo veía todo de una manera optimista, todo era normal. Había conseguido cambiar los hábitos, olvidarme de mis corazas, desaprender mis rutinas. Por primera vez en muchos años era una persona normal.
There's just a stranger
Living in me
Y un día cualquiera, después de muchas bodas, de muchas noches eternas, apareciste tú. Estabas sola bailando. Con una falda ceñida a tu cuerpo y un top azul. Subida en unos tacones de infarto. Estabas asustada, tenías un ataque de pánico de tener que estar ahí dando la cara. Y sin embargo estabas guapísima. Con el pelo sobre tu cara que te caía en ondas. Tus ojos rasgados, y un labio fino que no sonreía. Viste en mi protección, al león que te haría distraerte. Y no nos pudimos separar. Bailamos como si el mundo se fuese a acabar, bebimos como si no quisiéramos recordar nada de lo que pudiese pasar. Al cabo de seis horas te vinieron a buscar, como si fueses una cenicienta y nuestro pequeño hechizo se fuese a romper. Te acompañé al coche, y cuando ese viejo BMW se perdía de vista me volví, miré al cielo y vi esa luna que tantas veces me había sido esquiva. Te habías llevado una parte de mi.
As you set your eyes to the wind
And you see me pull away again
haven't lost it on a friend
I'm just bit run down here at the moment
Yeah, I'm all alone here
Living in darkness
Y así se va acabando el año, con los ojos mirando al viento y yo refugiado otra vez en esta chimenea. Con el mundo interior en calma. Siendo yo mismo por primera vez en años. Habiendo dejado por fin atrás mis años malditos. Con la ilusión de las pequeñas cosas y a la vez una fuerza interior que ya no recordaba. Sin poderme cansar de mirarte. Desarmado con tu sonrisa, con tu forma de tocarme el pelo y de darme un beso que mataría al mismísimo diablo. Con la sensación de que un nuevo mundo nace y que todo está por llegar. Qué todo llegará donde tenga que llegar, a su ritmo, un ritmo que por primera vez yo no quiero controlar. Un nuevo despertar, una nueva forma de expresión. Un mundo en el que poder por fin desplegar todo nuestro poder.
Ese perdido reino
donde cualquier política tiene forma de beso,
de cicatriz privada
detrás de los abrazos,
nos está dominando con sus sueños,
de distancia a distancia.
Quiero que te levantes
con la misma impaciencia que los árboles,
creciendo hasta lo exacto
para rozar mis labios, para buscar en ellos
la humedad sin la lluvia.
Sé que descubriremos
siluetas desnudas por la casa,
recuerdos visitantes,
fantasmas de una noche sin verano,
que andarán en nosotros y pedirán su cuenta,
porque la oscuridad, como un espejo,
nos devuelve la imagen que le damos.
Pero conozco todas las preguntas
que no sé contestarte,
el cuerpo en donde viven las interrogaciones,
tu sueño en los pañuelos, como de haber llorado.
Una noche de lluvía cruzada en La Riviera, Jeff Tweedy llevaba dos horas tocando la guitarra encima del escenario. A las 11 en punto empezó a tocar California Stars, una versión de Woody Guthrie. Impecable. Nos permitió volver a casa andando, la lluvía había cesado, y la luna llena asomaba sobre los tejados de los viejos caserones de la calle Segovia, la canción se nos repetía elevándonos hacia ese cielo, que aún tan negro, es nuestro cielo.
El año empezó con ese optimismo que solo tienen los incautos, pero cuando quise darme cuenta yo seguía bailando y hacia tiempo que no quedaba nadie en la calle. Hacia un frío intenso que removía las pocas hojas que quedaban en el suelo. En el horizonte un sol raquítico, no pude si no sentir mucho miedo.
Un miedo atroz que me consumió, que me devoró hasta dejarme tan perdido que no sabía volver a casa. Y eso me hizo volver a ti, al único hogar que he tenido. Volví como un vagabundo, con la ropa hecha jirones llamando a la puerta, pidiendo perdón y sin ser capaz de mirar a los ojos. Fui perdonado, volví a la felicidad de las noches eternas, y aquellos fueron sin lugar a duda los días más felices, mientras afuera el invierno se mezclaba con la primavera, las nieves perpetuas se retranqueaban y las glicineas nos daba esa ilusión del mañana.
Pero la tormenta llego en cuanto la primavera dobló la esquina, las camelias lucían coquetas su esplendor, los mismos síntomas, los mismos mareos que te devolvían a tus infiernos, como si una furia dentro de ti fuera dominándote hasta llegar a ese punto en que el vértigo es seguir haciendo lo mismo. Un vértigo que te consume, que te golpea sin descanso, que se apropia de ti y te bloquea. Un dolor intenso de cabeza donde lo único que puedes gritar es que por favor alguien pare el coche que necesitas bajarte.
Por entonces los días eran largos y las espigas lucían ya de un verde dorado, lo que no evitó que un silencio cubriese la bahía haciendo que mi larga lengua de mar lo invadiese todo. Fue el principio de mi tormento, que descendió cubriendo las montañas otra vez de un azul oscuro. Sin salvavidas, sin un mísero cabo al que aferrarme, está vez no podía si no enfrentarme a mi propio monstruo, a mi propio yo.
Milagrosamente Venecia salvó mi tormento, como único canal de comunicación con un mundo que me era ajeno, las conversaciones, nada de lo que sucedía a mi alrededor me afectaba. Venecia y la perspectiva de sus canales. Imaginaba góndolas atadas en un embarcadero de un palacio renacentista, con un pequeño vaivén que me permitía conciliar el sueño, aquello fue la morfina que templó mi sino. La perspectiva de que todo es temporal y relativo, y que con el tiempo podría curarme. Las olas no eran si no una forma de tranquilizarme mientras solo podía recordar lo sucedido.
Inesperadamente el otoño doblo esquina trayendo esperanza. Con las primeras lluvias conseguí volver a sonreír. Un equilibrio basado en el cariño y el reencuentro, que proporcionó paz a un espíritu completamente maldito. Instantes fugaces de completa felicidad, la droga más potente para un adicto al dolor. Me devolvió a mi nube, a aquellos días en que pensé que era inmortal, sin fantasmas ni reproches, siendo tan puro como efímero, saboreando hasta la última gota de un placer que no era ya mío.
Ahora veo que aquello no era si no un sueño, todo ha pasado y el año se deshace lentamente entre las ultimas nieblas, sin fuerzas para salir de esta vieja chimenea, viviendo entre las ruinas de mi inteligencia, sin ganas de abrazar la mundanidad.
Encaré 2014 buscando la cuadratura del circulo y lo cierro habiendo sido derrotado en todas las batallas, pero por triste que sean estas líneas, tengo la intuición, desde la experiencia que da el fracaso, de que como el Capitán Ahab volveré a surcar con mi corazón de madera los mares.
Escudo de los Marqueses de Argüelles - Ribadesella
"A propósito del apellido Quirós, recordamos haber leído en un genealogista que el primero que lo llevó fue un soldado griego llamado Constantino, el cual en una batalla contra los moros, allá por los años de 846, viendo en peligro de caer del caballo al rey don Ramiro voló en su socorro, gritando ¡is Kirós! ¡is Kirós! (¡tente firme!, ¡no te rindas!), y ayudando al rey a levantarse diole sus armas y caballo. El monarca quiso que en memoria de la hazaña tomase el apellido de Quirós, dándole por divisa escudo de plata y dos llaves de azur en aspas, anguladas de cuatro rosas y cuatro flores de lis, un cordón en orla, y en una bordura este mote: Después de Dios, la casa de Quirós. El solar de la familia se fundó en el castillo de Alba, en Asturias, después del matrimonio de Constantino con una hija de Bernardo del Carpio. Cuando la conquista de Granada, hubo un Quirós tan principal y valeroso que los Reyes Católicos lo llamaban el rey chiquito de Asturias."
La versión oficial de la historia española idealiza la II República y considera su final como un tren que se perdió, yo sin embargo creo que España perdió su tren en 1931. Todos fueron dejando de lado al Rey. Cansados de la estabilidad, hartos de las instituciones y siendo incapaces de reformarlas. Todos se lanzaron a abrazar una república, como si el hecho de cambiar de sistema fuese a solucionar todos los problemas de golpe. La II República nunca habría llegado si la derecha republicana no le hubiese dado la espalda a Alfonso XIII. Pero se la dio, empezando por Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, continuando con Alcalá Zamora y con el General Sanjurjo.
Hasta que lograron que un Rey mayor, con un Príncipe de Asturias enfermo, y sin el apoyo de los suyos no le quedase otra opción que coger el camino de Cartagena. Y tuvieron II República, pero fracasó porque los partidos que la fundaron no tuvieron apoyo de los votantes y los partidos de izquierda (PSOE, Comunistas y Anarquistas) sólo la aceptaban como una etapa intermedia anterior a la declaración de su sistema totalitario. No existían demócratas en España en 1931.
Para España hubiese sido mejor que el Rey no se hubiese marchado en Abril de 1931, que una regencia hasta la mayoría de edad de Don Juan hubiese dado paso poco a poco a un régimen democrático, una evolución parecida a lo que sucedió en Inglaterra, que de ley a ley fue reformando su sistema liberal hasta hacerlo democrático, con las mismas tensiones que fagocitaron España pero ellos fueron capaces de ir integrando los extremos.
En ese supuesto España no hubiese tenido una Guerra Civil y habría sido neutral en la segunda guerra mundial, habiendo abrazado a Europa desde su refundación en 1945. Pero esto no fue así, Alfonso XIII creyendo seguir el sentido mayoritario de su pueblo decidió marchar al exilio, intentando evitar que se derramase por su nombre una gota de sangre. Pero los españoles estaban ya endemoniados.
¿Y donde se quedaron los monárquicos? Donde se habían quedado siempre, por un lado apartados de las instituciones y por otro dando la batalla. Unos marcharon al exilio con su Rey, otros se quedaron en España defendiendo a Alfonso XIII en las Cortes Constituyentes de 1931. Porque los monárquicos creían en esa España eterna y no les importa desvivirse por ella.
Cinco años tardó la II República en ser un disparate, sin dejar otra salida que la sublevación que acabó en una Guerra Civil. Los monárquicos acudieron en tromba, empezando por el conde de Barcelona, todos sabían que el comunismo era la anti España y que no consentirían su victoria. Ganada la guerra pretendieron que la reconciliación entre los españoles no hubiese tardado tanto tiempo, que a Franco nadie le nombró ni le dio autoridad para quedarse.
Muerto Alfonso XIII llegó el manifiesto de Lausane, y los monárquicos se apartaron de sus cargos bajo petición de Don Juan. A los monárquicos les espantaba la figura de Franco, siempre le agradecieron su papel en la guerra y el haberla ganado, pero les espantaba que entrase bajo palio en las iglesias, que nombrase obispos y que se instalase en los Palacios Reales. Sus alianzas internacionales y su hambre de poder le hicieron imposible enganchar con el final de la II Guerra Mundial y que hiciera a España perder el tren de Europa.
Los monárquicos siempre le hicieron el feo, ellos querían que España fuese parte de Europa y que fuera gobernada por la monarquía de todos. Franco lo sabía y sometió a la Institución y a la figura de don Juan a una calumnia sin precedentes, aunque el sabía que era el único camino que podía tomar España y por eso la restauró, aunque a su muerte y en el nombre del Príncipe Juan Carlos.
La larga marcha a la restauración duró 44 años, los monárquicos siempre estuvieron ahí, estuvieron en la boda de don Juan en Roma en 1935, acudieron todos a Atenas en 1968 a la boda de don Juan Carlos y Doña Sofía. Y acudían a Estoril siempre que podían, en turnos para acompañar a don Juan en su exilio. Y para que el entonces Príncipe se sintiese acompañado en Madrid. Cómo cuando se bautizó al Príncipe de Asturias, próximo Felipe VI, en Madrid y la duquesa de Alba dio una recepción en Liria para que los españoles pudieran besar la mano a la Reina Victoria Eugenia. Los monárquicos siempre fueron generosos, dejaron casas, coches, fincas, fiestas, sabanas, porque para ellos España y la Monarquía eran más que un compromiso, era una forma de vida, un ideal que daba sentido a todo lo demás. Sin esperar nada a cambio.
Y finalmente murió Franco, Juan Carlos fue proclamado Rey, y todos fueron felices. La larga espera había terminado. La gente lloraba y se acordaba de lo que hubiesen disfrutado todos esos monárquicos a los que no les dio tiempo a ver a su Príncipe como Rey de todos los españoles. La palabra sacrificio cobró significado en la figura de don Juan y en la renuncia del año 77.
Pero la monarquía que se restauró fue muy diferente a la que los monárquicos esperaban, fue una monarquía de simbología franquista, más cercana a la derecha republicana de Miguel Maura que a la tradición española. Ni siquiera permitieron a don Juan hacer renuncia del legado histórico de su familia en el Palacio Real. Y quizás ese fue el gran acierto del Rey, mucho mas que su papel en el 23 de Febrero. Su éxito fue ganarse a la gran masa franquista, tanto de izquierdas como derechas que configuraba España en 1975.
Los españoles habían disfrutado de 40 años de paz y prosperidad gracias al General, y aunque estéticamente la parafernalia franquista diese grima el Rey no se apartó nunca mucho de la línea trazada. Sin ir más lejos en el video de su abdicación, el último acto importante de su reinado, se podía ver detrás un mueble de madera que parecía sacado de cualquier piso del ensanche madrileño de los años 50's.
Así que después de llevar toda la vida poniendo verde a Don Juan y al Rey empezaron poco a poco a cambiar, toda esa elite franquista que había sido la clase dirigente durante tantos años fue mudando de piel bajo el liderazgo de don Juan Carlos. Aceptaron la democracia, abrazaron Europa y siguieron prosperando.
España había cambiado mucho y el viejo perfume de Alfonso XIII sólo se olía en algún viejo caserón de Madrid. En el reinado de Juan Carlos I ha habido escasos momentos para la nostalgia y casi todos motivados por don Juan, como cuando trajeron los restos de Alfonso XIII al Escorial o su propia muerte en 1993 y las colas que se formaron en palacio para verle. El Rey no recuperó ninguno de los síntomas históricos de la Monarquía, nunca recibió a todas esas familias que durante años pagaron sin ningún interés el exilio de la Familia Real. El Rey se consolidó como cualquier familia de éxito de las de entonces, con un chalet y veraneando en el Mediterráneo.
Y entonces los monárquicos se empezaron a sentir unicornios, como personajes Proustianos, fuera de época y en extinción, porque lo que había sido para ellos un sentido de vida, el deber mayor y su obligación fue perdiendo poco a poco sentido. Por eso la abdicación tiene tanto de final de época, la abdicación de Don Juan Carlos pone fin al largo siglo XX español, que arrancó en 1898 con la perdida de las últimas colonias y acaba en la abdicación de don Juan Carlos.
Y por ello la abdicación no ha podido si no despertar entre los unicornios la nostalgia de lo que ha sido durante siglos un estilo de vida. Un deber por encima de cualquier cosa, una forma de entender España. La lucha ha merecido la pena y España ha recuperado su sitio en el mundo. Con mil frentes abiertos y el abismo cerca no queda si no unirse al espíritu de don Juan y gritar con él:
Feria de Jerez de la Frontera, refugio del dandismo español
Se hagan llamar refinados, increíbles, bellos, leones o dandis, todos proceden de un mismo origen; todos participan del mismo carácter de oposición y de rebeldía; todos son representantes de lo que hay de mejor en el orgullo humano, de esa necesidad, demasiado rara entre los de hoy, de combatir y destruir la trivialidad. De ahí nace, en los dandis, esa actitud altanera de casta provocadora, incluso en su frialdad. El dandismo aparece sobre todo en las épocas transitorias en las que la democracia no es todavía todopoderosa, en las que la aristocracia sólo está parcialmente vacilante y envilecida. En la confusión de esas épocas algunos hombres desclasados, hastiados, desocupados, pero todos ricos en fuerza natural, pueden concebir el proyecto de fundar una especie nueva de aristocracia, tanto más difícil de romper cuanto que estará basada en las facultades más preciosas, las más indestructibles, y en los dones celestes que el trabajo y el dinero no pueden conferir.
El dandismo es el último destello de heroísmo en las decadencias; y el tipo del dandi encontrado por el viajero en América del Norte no invalida en manera alguna esta idea: pues nada impide suponer que las tribus que llamamos salvajes sean los restos de grandes civilizaciones desaparecidas. El dandismo es un sol poniente; como el astro que declina, es soberbio, sin calor y lleno de melancolía. Pero, ¡ay! la marea creciente de la democracia, que invade todo y que nivela todo, ahoga día a día a esos últimos representantes del orgullo humano y derrama odas de olvido sobre las huellas de esos prodigiosos mirmidones. Los dandis se hacen cada vez más raros entre nosotros, mientras que entre nuestros vecinos, en Inglaterra, el estado social y la constitución (la verdadera constitución, la que se expresa por las costumbres) dejarán todavía largo tiempo un lugar a los herederos de Sheridan, de Brummel y de Byron, si es que se presenta alguien digno de ellos.
El hombre rico, ocioso, y que, incluso hastiado, no tiene otra ocupación que correr tras la pista de la felicidad; el hombre educado en el lujo y acostumbrado desde su juventud a la obediencia de los demás hombres, aquel en fin que no tiene más profesión que la elegancia, gozará siempre, en todas las épocas, de una fisonomía distinta, completamente
aparte. El dandismo es una institución vaga, tan extravagante como el duelo; muy antigua, ya que César, Catilina, Alcibíades, nos ofrecen tipos deslumbrantes de ella; muy general, ya que Chateaubriand la ha encontrado en los bosques y en las riberas de los lagos del Nuevo Mundo. El dandismo, que es una institución al margen de las leyes, tiene leyes rigurosas a las que están estrictamente sometidos todos sus súbditos, sean cuales fueren por lo demás la fogosidad y la independencia de su carácter. Los novelistas ingleses han cultivado, más que los otros, la novela de high life, y los franceses que, como el Sr. de Custine, han querido escribir especialmente novelas de amor, han tomado primero la precaución, muy juiciosamente, de dotar a sus personajes de fortunas lo bastante grandes para pagar sin vacilación todas sus fantasías; a continuación los han dispensado de toda profesión. Estos seres no tienen otra profesión que la de cultivar la idea de lo bello en su persona, satisfacer sus pasiones, sentir y pensar. Poseen así, a su antojo y en gran medida, el tiempo y el dinero, sin los cuales la fantasía, reducida al estado de sueño pasajero, apenas puede traducirse en acción. Es desgraciadamente muy cierto que, sin el ocio y el dinero, el amor no puede ser más que una orgía de plebeyo o el cumplimiento de un deber conyugal En vez de un capricho ardiente o soñador, se convierte en repugnante utilidad.
Si hablo del amor a propósito del dandismo, es porque el amor es la ocupación natural de los ociosos. Pero el dandi no tiene el amor como fin especial. Si he hablado de dinero, es porque el dinero es indispensable para las personas que hacen un culto de sus pasiones. Pero el dandi no aspira al dinero como algo esencial; un crédito indefinido podría bastarle; abandona esta grosera pasión a los mortales vulgares. El dandismo no es siquiera, como muchas personas poco reflexivas parecen creer, un gusto desmesurado por el vestido y por la elegancia material. Esas cosas no son para el perfecto dandi más que un símbolo de la superioridad aristocrática de su espíritu. Igualmente, a sus ojos, prendados ante todo de la distinción, la perfección del vestido consiste en la simplicidad absoluta, que es en efecto la mejor manera de distinguirse. ¿Qué es pues esta pasión que, convertida en doctrina, ha hecho adeptos dominadores, esta institución no escrita que ha formado una casta tan altiva? Es, ante todo, la necesidad ardiente de hacerse una originalidad, contenida en los límites exteriores de las conveniencias. Es una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se encuentra en otro, en la mujer, por ejemplo; que puede sobrevivir incluso a todo aquello que llamamos ilusiones. Es el placer de sorprender y la satisfacción orgullosa de no sorprenderse nunca. Un dandi puede ser un hombre hastiado, puede ser un hombre doliente; pero, en este último caso, sonreirá como el lace de demonio bajo la mordedura del zorro.
En ciertos aspectos, el dandismo limita con el espiritualismo y el estoicismo. Pero un dandi nunca puede ser un hombre vulgar. Si cometiera un crimen, es posible que no cayera en desgracia; pero si ese crimen proviniera de un origen trivial, el deshonor sería irreparable. Que el lector no se escandalice de esta gravedad en lo frívolo, y
que recuerde que hay grandeza en todas las locuras, fuerza en todos los excesos. ¡Extraño espiritualismo! Para aquellos que son a la vez sacerdotes y víctimas, todas las complicadas condiciones materiales a las que se someten, desde el arreglo irreprochable a todas las horas del día y de la noche hasta las pruebas más peligrosas del deporte, no son sino una gimnasia adecuada para fortificar la voluntad y disciplinar el alma. En realidad, no me equivocaba del todo al considerar el dandismo como una especie de religión. La regla monástica más rigurosa, la orden irresistible del Viejo de la montaña que ordenaba el suicidio a sus discípulos embriagados, no eran más despóticos ni más obedecidos que esta doctrina de la elegancia y de la originalidad, que impone, ella también, a sus ambiciosos y humildes sectarios, hombres frecuentemente llenos de fogosidad, de pasión, de valor y de energía contenida, la terrible fórmula:
sin calma en la mirada del regreso
esta calle que puebla su soledad con hojas,
que se enreda en la luz como un racimo
de sombras o de barro,
de periódicos húmedos
sobre el aceite añil de las baldosas,
y carmín olvidado en las paredes,
y jardines con dudas
o la hiedra
sumergido los hierros burgueses de la puerta.
Larga lengua de mar en mi memoria.
Bajo la luz francesa se recrean
el número vigía en los portales,
la pequeña sirena reflejada,
sus labios sobre el agua,
el teatro vacío de los músicos
esperando el domingo.
Todo como un reclamo primitivo,
el aire que levanta la cabeza
del corazón y empuja
al oficio extranjero de escribir su nostalgia.
Y nada es neutro,
ni siquiera las sombras de las casas antiguas
preguntando
su paisaje perdido en las aceras,
ni siquiera la grúa
que lejana,
hermosa como un cisne,
tiende su largo cuello y lo descansa
sobre el alero gris del horizonte.
Yo bajé a la ciudad
en esa hora incierta,
presentida,
donde tiritan todos los semáforos,
en ese campo oscuro,
dibujado,
donde sopla la brisa de los taxis
con su reflejo a musgo,
donde la luz oculta
las ojeras brillantes de los barrios,
poniendo en cada cuerpo
una mirada larga, una escena vacía.
Yo estuve en la ciudad,
y entristeciendo al tiempo de recorrer sus signos,
vagabundo en la luz de los escaparates,
quiero doblar la esquina,
descubrir otra espalda,
buscar un corazón municipal y amigo
que me abra la puerta de sus ojos
y me invite a pasar.
Llámame,
voy a volver contigo,
recorriendo despacio las calles que no existen
cuando tú no me llamas,
caminando por ti
a través de la ira pequeña de la tarde.
Llámame,
son apenas las ocho, apenas una leve
sonoridad de vida
regresa en las aceras,
se confunde en la prisa de los adolescentes,
precipita su paso por las últimas tiendas,
abre su colorido
metálico y humano
de parejas en coches abrazadas,
extraños que se miran
bajo la carpa incierta del deseo,
bajo la luna artificial.
Mírame regresando
sobre las altas casas de este abril distraído,
yo que tanto temía las fronteras.
Entre los árboles,
el sol parece el ojo de un borracho.
Llámame,
hoy es otro el horario,
es distinto el calor de su reinado,
la imagen de unos siervos con sangre diferente,
con dignidad de seres racionales,
corazones pensantes que podrían hablar
si no estuviesen solos,
si alguien los llamara.
Pero todo convoca a tu presencia:
mírame regresando.
Los portales abiertos,
los anuncios,
me recuerdan tu piel,
ese reino sin dudas
donde pretendo hablar del horizonte.
El horizonte
como la barra sucia de un bar desconocido
en la que nunca me podré apoyar.
Si las historias de la piel ocultan
una intuición oscura en sus inicios
si tuve acorazado
el corazón que tengo
la fábrica de olvidos que conmigo trabaja,
nada fue tan extraño
como verte y saber que me esperabas,
dispersa, bellamente en deuda con el viento
Y sin embargo, a veces, yo recuerdo…,
antes de conocerte comprendía
la sensación de estar frente a tus ojos,
porque habías llegado
anterior a ti misma,
desde la incertidumbre y la memoria,
evocando un gesto,
un antiguo desorden,
ese privilegio vasallaje
que el deseo nos pide sobre el tiempo.
En la primera timidez del año,
junto a promesas frías y mañanas inútiles
para cambiar de vida,
regresaban del viento mis sueños con tu pelo,
buscando la manera de sentirse
otra vez en un hombro, sostenidos
por un calor ajeno a su propio silencio.
Fue como si aprendiese
que la ciudad no existe debajo de la nieve,
que las manos se rozan y piensan en crearla,
en descubrir antenas
y tejados,
en inventar la espera de los arboles,
los distritos postales donde muere
la bruma, según dicen,
el humo de los pechos espantados
la infinita distancia de sus nombres.
Y sin embargo, a veces, yo recuerdo
una herida de luz
anterior a si misma
por la pared de pronto, por los ojos,
evocándome un gesto,
un futuro desorden.