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viernes, 19 de diciembre de 2014

2014 el año del Capitán Ahab



El año empezó con ese optimismo que solo tienen los incautos, pero cuando quise darme cuenta yo seguía bailando y hacia tiempo que no quedaba nadie en la calle. Hacia un frío intenso que removía las pocas hojas que quedaban en el suelo. En el horizonte un sol raquítico, no pude si no sentir mucho miedo.

Un miedo atroz que me consumió, que me devoró hasta dejarme tan perdido que no sabía volver a casa. Y eso me hizo volver a ti, al único hogar que he tenido. Volví como un vagabundo, con la ropa hecha jirones llamando a la puerta, pidiendo perdón y sin ser capaz de mirar a los ojos. Fui perdonado, volví a la felicidad de las noches eternas, y aquellos fueron sin lugar a duda los días más felices, mientras afuera el invierno se mezclaba con la primavera, las nieves perpetuas se retranqueaban y las glicineas nos daba esa ilusión del mañana.

Pero la tormenta llego en cuanto la primavera dobló la esquina, las camelias lucían coquetas su esplendor, los mismos síntomas, los mismos mareos que te devolvían a tus infiernos, como si una furia dentro de ti fuera dominándote hasta llegar a ese punto en que el vértigo es seguir haciendo lo mismo. Un vértigo que te consume, que te golpea sin descanso, que se apropia de ti y te bloquea. Un dolor intenso de cabeza donde lo único que puedes gritar es que por favor alguien pare el coche que necesitas bajarte.

Por entonces los días eran largos y las espigas lucían ya de un verde dorado, lo que no evitó que un silencio cubriese la bahía haciendo que mi larga lengua de mar lo invadiese todo. Fue el principio de mi tormento, que descendió cubriendo las montañas otra vez de un azul oscuro. Sin salvavidas,  sin un mísero cabo al que aferrarme, está vez no podía si no enfrentarme a mi propio monstruo, a mi propio yo. 

Milagrosamente Venecia salvó mi tormento, como único canal de comunicación con un mundo que me era ajeno, las conversaciones, nada de lo que sucedía a mi alrededor me afectaba. Venecia y la perspectiva de sus canales. Imaginaba góndolas atadas en un embarcadero de un palacio renacentista, con un pequeño vaivén que me permitía conciliar el sueño, aquello fue la morfina que templó mi sino. La perspectiva de que todo es temporal y relativo, y que con el tiempo podría curarme. Las olas no eran si no una forma de tranquilizarme mientras solo podía recordar lo sucedido.

Inesperadamente el otoño doblo esquina trayendo esperanza. Con las primeras lluvias conseguí volver a sonreír. Un equilibrio basado en el cariño y el reencuentro, que proporcionó paz a un espíritu completamente maldito. Instantes fugaces de completa felicidad, la droga más potente para un adicto al dolor. Me devolvió a mi nube, a aquellos días en que pensé que era inmortal, sin fantasmas ni reproches, siendo tan puro como efímero, saboreando hasta la última gota de un placer que no era ya mío.

Ahora veo que aquello no era si no un sueño, todo ha pasado y el año se deshace lentamente entre las ultimas nieblas, sin fuerzas para salir de esta vieja chimenea, viviendo entre las ruinas de mi inteligencia, sin ganas de abrazar la mundanidad. 

Encaré 2014 buscando la cuadratura del circulo y lo cierro habiendo sido derrotado en todas las batallas, pero por triste que sean estas líneas, tengo la intuición, desde la experiencia que da el fracaso, de que como el Capitán Ahab volveré a surcar con mi corazón de madera los mares.


sábado, 18 de octubre de 2014

Tarro de cristal

Cerca del cielo
Si pudiese guardar cada momento contigo
en un pequeño tarro de cristal

Con esa pequeña emoción
de los corazones abiertos
estando tan cerca del cielo
con la naturalidad que
el día a día se encarga de borrar

Esos besos y caricias que
reflejan la naturalidad
del amor entre dos almas
sin el gris oscuro que la lluvia trae
sin el miedo como único enemigo

Ahora lo abriría y lo volcaría
sobre esta habitación de hotel
te vería andar descalza
y tu risa inundaría el cuarto
como un arcoiris en primavera

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Vuelvo a tu cuerpo


Vuelvo a tu cuerpo
en luna menguante,
recorriendo a besos
dos cuerpos a medida,
pidiendo prorroga al destino
busco recovecos
donde perder mi lengua

Septiembre borrón y cuenta nueva
bajando Serrano como un fugitivo 
dejando de día tu cama desnuda,
con el sudor de dos cuerpos gemelos,
sin el beso de dos viejos conocidos
no existían los días en el calendario

Y sé que mueres de miedo
tus ojos miran mi alma
pensando en lo sucedido
pensando cuando cogeré camino
Y sé que me quieres
a pesar de Hemingway
a pesar de los silencios
y estos cobardes poemas

Me sequé una noche de verano
como un viejo roble cansado
como los días de Otoño
condenados a su triste decadencia
Me sequé sin saber querer
sin valorar tu entrega
y esa pequeña sonrisa
La alegría fue apatía

Nunca entenderás la debilidad
de un niño pequeño
perdido en su propio mundo
perdido en mitad de la noche
Pidiendo permiso
para aterrizar en tu cuerpo desnudo

martes, 2 de septiembre de 2014

Noche de estío


Noche de estío
noche de hastío
sin brisa, sin luna
la ciudad arde 
bajo fuego enemigo

¿Dónde estas?
Oír tu voz,
abrazar el silencio,
enfrentarme a tus dudas,
respondiendo a mis miedos

¿Dónde estas?
Tu pelo largo
muestra un lunar 
sobre tu dorso desnudo
donde hallar el mundo

No hay dos derrotas iguales,
ni dos silencios parecidos

jueves, 21 de agosto de 2014

Luz de Agosto


Tu perfume inunda la bahía
 hasta mi lo trae la brisa
 larga lengua de mar
vuelve a mi memoria
¿Hay cura para esta enfermedad?

Y miro al mar
buscando esa inmensidad
buscando la paz
refugiándome en Venecia
mil años de perspectiva
que impidan ahogarme
en esta luz de Agosto

La brisa trae el recuerdo
de aquellos días de primavera
bajo un edredón
de tus recovecos
en ese cuerpo infinito
rompiendo el reloj

No existe cura para mi mal
el destierro es de por vida
solo las olas rompiendo
transmiten la paz
que Sisifo me robó

Erizo de mar,
tu también te condenas
al infierno de los recuerdos
al frio y al dolor del amor

Solo el mar sacia mi ansiedad

miércoles, 2 de abril de 2014

El dandismo por Baudelaire (II)

Feria de Jerez de la Frontera, refugio del dandismo español 
Se hagan llamar refinados, increíbles, bellos, leones o dandis, todos proceden de un mismo origen; todos participan del mismo carácter de oposición y de rebeldía; todos son representantes de lo que hay de mejor en el orgullo humano, de esa necesidad, demasiado rara entre los de hoy, de combatir y destruir la trivialidad. De ahí nace, en los dandis, esa actitud altanera de casta provocadora, incluso en su frialdad. El dandismo aparece sobre todo en las épocas transitorias en las que la democracia no es todavía todopoderosa, en las que la aristocracia sólo está parcialmente vacilante y envilecida. En la confusión de esas épocas algunos hombres desclasados, hastiados, desocupados, pero todos ricos en fuerza natural, pueden concebir el proyecto de fundar una especie nueva de aristocracia, tanto más difícil de romper cuanto que estará basada en las facultades más preciosas, las más indestructibles, y en los dones celestes que el trabajo y el dinero no pueden conferir. 

El dandismo es el último destello de heroísmo en las decadencias; y el tipo del dandi encontrado por el viajero en América del Norte no invalida en manera alguna esta idea: pues nada impide suponer que las tribus que llamamos salvajes sean los restos de grandes civilizaciones desaparecidas. El dandismo es un sol poniente; como el astro que declina, es soberbio, sin calor y lleno de melancolía. Pero, ¡ay! la marea creciente de la democracia, que invade todo y que nivela todo, ahoga día a día a esos últimos representantes del orgullo humano y derrama odas de olvido sobre las huellas de esos prodigiosos mirmidones. Los dandis se hacen cada vez más raros entre nosotros, mientras que entre nuestros vecinos, en Inglaterra, el estado social y la constitución (la verdadera constitución, la que se expresa por las costumbres) dejarán todavía largo tiempo un lugar a los herederos de Sheridan, de Brummel y de Byron, si es que se presenta alguien digno de ellos.


Charles Baudelaire - El pintor de la vida moderna

lunes, 31 de marzo de 2014

El dandismo por Baudelaire (I)

Jep Gambardella en una imagen de La Gran Belleza 
El hombre rico, ocioso, y que, incluso hastiado, no tiene otra ocupación que correr tras la pista de la felicidad; el hombre educado en el lujo y acostumbrado desde su juventud a la obediencia de los demás hombres, aquel en fin que no tiene más profesión que la elegancia, gozará siempre, en todas las épocas, de una fisonomía distinta, completamente aparte. El dandismo es una institución vaga, tan extravagante como el duelo; muy antigua, ya que César, Catilina, Alcibíades, nos ofrecen tipos deslumbrantes de ella; muy general, ya que Chateaubriand la ha encontrado en los bosques y en las riberas de los lagos del Nuevo Mundo. El dandismo, que es una institución al margen de las leyes, tiene leyes rigurosas a las que están estrictamente sometidos todos sus súbditos, sean cuales fueren por lo demás la fogosidad y la independencia de su carácter. Los novelistas ingleses han cultivado, más que los otros, la novela de high life, y los franceses que, como el Sr. de Custine, han querido escribir especialmente novelas de amor, han tomado primero la precaución, muy juiciosamente, de dotar a sus personajes de fortunas lo bastante grandes para pagar sin vacilación todas sus fantasías; a continuación los han dispensado de toda profesión. Estos seres no tienen otra profesión que la de cultivar la idea de lo bello en su persona, satisfacer sus pasiones, sentir y pensar. Poseen así, a su antojo y en gran medida, el tiempo y el dinero, sin los cuales la fantasía, reducida al estado de sueño pasajero, apenas puede traducirse en acción. Es desgraciadamente muy cierto que, sin el ocio y el dinero, el amor no puede ser más que una orgía de plebeyo o el cumplimiento de un deber conyugal En vez de un capricho ardiente o soñador, se convierte en repugnante utilidad. 

Si hablo del amor a propósito del dandismo, es porque el amor es la ocupación natural de los ociosos. Pero el dandi no tiene el amor como fin especial. Si he hablado de dinero, es porque el dinero es indispensable para las personas que hacen un culto de sus pasiones. Pero el dandi no aspira al dinero como algo esencial; un crédito indefinido podría bastarle; abandona esta grosera pasión a los mortales vulgares. El dandismo no es siquiera, como muchas personas poco reflexivas parecen creer, un gusto desmesurado por el vestido y por la elegancia material. Esas cosas no son para el perfecto dandi más que un símbolo de la superioridad aristocrática de su espíritu. Igualmente, a sus ojos, prendados ante todo de la distinción, la perfección del vestido consiste en la simplicidad absoluta, que es en efecto la mejor manera de distinguirse. ¿Qué es pues esta pasión que, convertida en doctrina, ha hecho adeptos dominadores, esta institución no escrita que ha formado una casta tan altiva? Es, ante todo, la necesidad ardiente de hacerse una originalidad, contenida en los límites exteriores de las conveniencias. Es una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se encuentra en otro, en la mujer, por ejemplo; que puede sobrevivir incluso a todo aquello que llamamos ilusiones. Es el placer de sorprender y la satisfacción orgullosa de no sorprenderse nunca. Un dandi puede ser un hombre hastiado, puede ser un hombre doliente; pero, en este último caso, sonreirá como el lace de demonio bajo la mordedura del zorro. 

En ciertos aspectos, el dandismo limita con el espiritualismo y el estoicismo. Pero un dandi nunca puede ser un hombre vulgar. Si cometiera un crimen, es posible que no cayera en desgracia; pero si ese crimen proviniera de un origen trivial, el deshonor sería irreparable. Que el lector no se escandalice de esta gravedad en lo frívolo, y que recuerde que hay grandeza en todas las locuras, fuerza en todos los excesos. ¡Extraño espiritualismo! Para aquellos que son a la vez sacerdotes y víctimas, todas las complicadas condiciones materiales a las que se someten, desde el arreglo irreprochable a todas las horas del día y de la noche hasta las pruebas más peligrosas del deporte, no son sino una gimnasia adecuada para fortificar la voluntad y disciplinar el alma. En realidad, no me equivocaba del todo al considerar el dandismo como una especie de religión. La regla monástica más rigurosa, la orden irresistible del Viejo de la montaña que ordenaba el suicidio a sus discípulos embriagados, no eran más despóticos ni más obedecidos que esta doctrina de la elegancia y de la originalidad, que impone, ella también, a sus ambiciosos y humildes sectarios, hombres frecuentemente llenos de fogosidad, de pasión, de valor y de energía contenida, la terrible fórmula: 
Perinde ac cadaver!

Charles Baudelaire - El pintor de la vida moderna