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lunes, 1 de diciembre de 2014

Problemas de geografía personal



Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.

Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.

Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.

Luis García Montero

sábado, 18 de octubre de 2014

Tarro de cristal

Cerca del cielo
Si pudiese guardar cada momento contigo
en un pequeño tarro de cristal

Con esa pequeña emoción
de los corazones abiertos
estando tan cerca del cielo
con la naturalidad que
el día a día se encarga de borrar

Esos besos y caricias que
reflejan la naturalidad
del amor entre dos almas
sin el gris oscuro que la lluvia trae
sin el miedo como único enemigo

Ahora lo abriría y lo volcaría
sobre esta habitación de hotel
te vería andar descalza
y tu risa inundaría el cuarto
como un arcoiris en primavera

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Vuelvo a tu cuerpo


Vuelvo a tu cuerpo
en luna menguante,
recorriendo a besos
dos cuerpos a medida,
pidiendo prorroga al destino
busco recovecos
donde perder mi lengua

Septiembre borrón y cuenta nueva
bajando Serrano como un fugitivo 
dejando de día tu cama desnuda,
con el sudor de dos cuerpos gemelos,
sin el beso de dos viejos conocidos
no existían los días en el calendario

Y sé que mueres de miedo
tus ojos miran mi alma
pensando en lo sucedido
pensando cuando cogeré camino
Y sé que me quieres
a pesar de Hemingway
a pesar de los silencios
y estos cobardes poemas

Me sequé una noche de verano
como un viejo roble cansado
como los días de Otoño
condenados a su triste decadencia
Me sequé sin saber querer
sin valorar tu entrega
y esa pequeña sonrisa
La alegría fue apatía

Nunca entenderás la debilidad
de un niño pequeño
perdido en su propio mundo
perdido en mitad de la noche
Pidiendo permiso
para aterrizar en tu cuerpo desnudo

martes, 2 de septiembre de 2014

Noche de estío


Noche de estío
noche de hastío
sin brisa, sin luna
la ciudad arde 
bajo fuego enemigo

¿Dónde estas?
Oír tu voz,
abrazar el silencio,
enfrentarme a tus dudas,
respondiendo a mis miedos

¿Dónde estas?
Tu pelo largo
muestra un lunar 
sobre tu dorso desnudo
donde hallar el mundo

No hay dos derrotas iguales,
ni dos silencios parecidos

jueves, 21 de agosto de 2014

Luz de Agosto


Tu perfume inunda la bahía
 hasta mi lo trae la brisa
 larga lengua de mar
vuelve a mi memoria
¿Hay cura para esta enfermedad?

Y miro al mar
buscando esa inmensidad
buscando la paz
refugiándome en Venecia
mil años de perspectiva
que impidan ahogarme
en esta luz de Agosto

La brisa trae el recuerdo
de aquellos días de primavera
bajo un edredón
de tus recovecos
en ese cuerpo infinito
rompiendo el reloj

No existe cura para mi mal
el destierro es de por vida
solo las olas rompiendo
transmiten la paz
que Sisifo me robó

Erizo de mar,
tu también te condenas
al infierno de los recuerdos
al frio y al dolor del amor

Solo el mar sacia mi ansiedad

lunes, 7 de julio de 2014

¡is Kirós!

Escudo de los Marqueses de Argüelles - Ribadesella
"A propósito del apellido Quirós, recordamos haber leído en un genealogista que el primero que lo llevó fue un soldado griego llamado Constantino, el cual en una batalla contra los moros, allá por los años de 846, viendo en peligro de caer del caballo al rey don Ramiro voló en su socorro, gritando ¡is Kirós! ¡is Kirós! (¡tente firme!, ¡no te rindas!), y ayudando al rey a levantarse diole sus armas y caballo. El monarca quiso que en memoria de la hazaña tomase el apellido de Quirós, dándole por divisa escudo de plata y dos llaves de azur en aspas, anguladas de cuatro rosas y cuatro flores de lis, un cordón en orla, y en una bordura este mote: Después de Dios, la casa de Quirós. El solar de la familia se fundó en el castillo de Alba, en Asturias, después del matrimonio de Constantino con una hija de Bernardo del Carpio. Cuando la conquista de Granada, hubo un Quirós tan principal y valeroso que los Reyes Católicos lo llamaban el rey chiquito de Asturias."

Ricardo Palma - "Tradiciones Peruanas"

lunes, 9 de junio de 2014

La hora de los unicornios



La versión oficial de la historia española idealiza la II República y considera su final como un tren que se perdió, yo sin embargo creo que España perdió su tren en 1931. Todos fueron dejando de lado al Rey. Cansados de la estabilidad, hartos de las instituciones y siendo incapaces de reformarlas. Todos se lanzaron a abrazar una república, como si el hecho de cambiar de sistema fuese a solucionar todos los problemas de golpe. La II República nunca habría llegado si la derecha republicana no le hubiese dado la espalda a Alfonso XIII. Pero se la dio, empezando por Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, continuando con Alcalá Zamora y con el General Sanjurjo.

Hasta que lograron que un Rey mayor, con un Príncipe de Asturias enfermo, y sin el apoyo de los suyos no le quedase otra opción que coger el camino de Cartagena. Y tuvieron II República, pero fracasó porque los partidos que la fundaron no tuvieron apoyo de los votantes y los partidos de izquierda (PSOE, Comunistas y Anarquistas) sólo la aceptaban como una etapa intermedia anterior a la declaración de su sistema totalitario. No existían demócratas en España en 1931.

Para España hubiese sido mejor que el Rey no se hubiese marchado en Abril de 1931, que una regencia hasta la mayoría de edad de Don Juan hubiese dado paso poco a poco a un régimen democrático, una evolución parecida a lo que sucedió en Inglaterra, que de ley a ley fue reformando su sistema liberal hasta hacerlo democrático, con las mismas tensiones que fagocitaron España pero ellos fueron capaces de ir integrando los extremos.

En ese supuesto España no hubiese tenido una Guerra Civil y habría sido neutral en la segunda guerra mundial, habiendo abrazado a Europa desde su refundación en 1945. Pero esto no fue así, Alfonso XIII creyendo seguir el sentido mayoritario de su pueblo decidió marchar al exilio, intentando evitar que se derramase por su nombre una gota de sangre. Pero los españoles estaban ya endemoniados.

¿Y donde se quedaron los monárquicos? Donde se habían quedado siempre, por un lado apartados de las instituciones y por otro dando la batalla. Unos marcharon al exilio con su Rey, otros se quedaron en España defendiendo a Alfonso XIII en las Cortes Constituyentes de 1931. Porque los monárquicos creían en esa España eterna y no les importa desvivirse por ella.

Cinco años tardó la II República en ser un disparate, sin dejar otra salida que la sublevación que acabó en una Guerra Civil. Los monárquicos acudieron en tromba, empezando por el conde de Barcelona, todos sabían que el comunismo era la anti España y que no consentirían su victoria. Ganada la guerra pretendieron que la reconciliación entre los españoles no hubiese tardado tanto tiempo, que a Franco nadie le nombró ni le dio autoridad para quedarse.

Muerto Alfonso XIII llegó el manifiesto de Lausane, y los monárquicos se apartaron de sus cargos bajo petición de Don Juan. A los monárquicos les espantaba la figura de Franco, siempre le agradecieron su papel en la guerra y el haberla ganado, pero les espantaba que entrase bajo palio en las iglesias, que nombrase obispos y que se instalase en los Palacios Reales. Sus alianzas internacionales y su hambre de poder le hicieron imposible enganchar con el final de la II Guerra Mundial y que hiciera a España perder el tren de Europa.

Los monárquicos siempre le hicieron el feo, ellos querían que España fuese parte de Europa y que fuera gobernada por la monarquía de todos. Franco lo sabía y sometió a la Institución y a la figura de don Juan a una calumnia sin precedentes, aunque el sabía que era el único camino que podía tomar España y por eso la restauró, aunque a su muerte y en el nombre del Príncipe Juan Carlos.

La larga marcha a la restauración duró 44 años, los monárquicos siempre estuvieron ahí, estuvieron en la boda de don Juan en Roma en 1935, acudieron todos a Atenas en 1968 a la boda de don Juan Carlos y Doña Sofía. Y acudían a Estoril siempre que podían, en turnos para acompañar a don Juan en su exilio. Y para que el entonces Príncipe se sintiese acompañado en Madrid. Cómo cuando se bautizó al Príncipe de Asturias, próximo Felipe VI, en Madrid y la duquesa de Alba dio una recepción en Liria para que los españoles pudieran besar la mano a la Reina Victoria Eugenia. Los monárquicos siempre fueron generosos, dejaron casas, coches, fincas, fiestas, sabanas, porque para ellos España y la Monarquía eran más que un compromiso, era una forma de vida, un ideal que daba sentido a todo lo demás. Sin esperar nada a cambio. 

Y finalmente murió Franco, Juan Carlos fue proclamado Rey, y todos fueron felices. La larga espera había terminado. La gente lloraba y se acordaba de lo que hubiesen disfrutado todos esos monárquicos a los que no les dio tiempo a ver a su Príncipe como Rey de todos los españoles. La palabra sacrificio cobró significado en la figura de don Juan y en la renuncia del año 77.

Pero la monarquía que se restauró fue muy diferente a la que los monárquicos esperaban, fue una monarquía de simbología franquista, más cercana a la derecha republicana de Miguel Maura que a la tradición española. Ni siquiera permitieron a don Juan hacer renuncia del legado histórico de su familia en el Palacio Real. Y quizás ese fue el gran acierto del Rey, mucho mas que su papel en el 23 de Febrero. Su éxito fue ganarse a la gran masa franquista, tanto de izquierdas como derechas que configuraba España en 1975.

Los españoles habían disfrutado de 40 años de paz y prosperidad gracias al General, y aunque estéticamente la parafernalia franquista diese grima el Rey no se apartó nunca mucho de la línea trazada. Sin ir más lejos en el video de su abdicación, el último acto importante de su reinado, se podía ver detrás un mueble de madera que parecía sacado de cualquier piso del ensanche madrileño de los años 50's.

Así que después de llevar toda la vida poniendo verde a Don Juan y al Rey empezaron poco a poco a cambiar, toda esa elite franquista que había sido la clase dirigente durante tantos años fue mudando de piel bajo el liderazgo de don Juan Carlos. Aceptaron la democracia, abrazaron Europa y siguieron prosperando.

España había cambiado mucho y el viejo perfume de Alfonso XIII sólo se olía en algún viejo caserón de Madrid. En el reinado de Juan Carlos I ha habido escasos momentos para la nostalgia y casi todos motivados por don Juan, como cuando trajeron los restos de Alfonso XIII al Escorial o su propia muerte en 1993 y las colas que se formaron en palacio para verle. El Rey no recuperó ninguno de los síntomas históricos de la Monarquía, nunca recibió a todas esas familias que durante años pagaron sin ningún interés el exilio de la Familia Real. El Rey se consolidó como cualquier familia de éxito de las de entonces, con un chalet y veraneando en el Mediterráneo. 

Y entonces los monárquicos se empezaron a sentir unicornios, como personajes Proustianos, fuera de época y en extinción, porque lo que había sido para ellos un sentido de vida, el deber mayor y su obligación fue perdiendo poco a poco sentido. Por eso la abdicación tiene tanto de final de época, la abdicación de Don Juan Carlos pone fin al largo siglo XX español, que arrancó en 1898 con la perdida de las últimas colonias y acaba en la abdicación de don Juan Carlos.

Y por ello la abdicación no ha podido si no despertar entre los unicornios la nostalgia de lo que ha sido durante siglos un estilo de vida. Un deber por encima de cualquier cosa, una forma de entender España. La lucha ha merecido la pena y España ha recuperado su sitio en el mundo. Con mil frentes abiertos y el abismo cerca no queda si no unirse al espíritu de don Juan y gritar con él:

Majestad por España, 
todo por España 
¡Viva España! 
¡Viva el Rey!

miércoles, 2 de abril de 2014

El dandismo por Baudelaire (II)

Feria de Jerez de la Frontera, refugio del dandismo español 
Se hagan llamar refinados, increíbles, bellos, leones o dandis, todos proceden de un mismo origen; todos participan del mismo carácter de oposición y de rebeldía; todos son representantes de lo que hay de mejor en el orgullo humano, de esa necesidad, demasiado rara entre los de hoy, de combatir y destruir la trivialidad. De ahí nace, en los dandis, esa actitud altanera de casta provocadora, incluso en su frialdad. El dandismo aparece sobre todo en las épocas transitorias en las que la democracia no es todavía todopoderosa, en las que la aristocracia sólo está parcialmente vacilante y envilecida. En la confusión de esas épocas algunos hombres desclasados, hastiados, desocupados, pero todos ricos en fuerza natural, pueden concebir el proyecto de fundar una especie nueva de aristocracia, tanto más difícil de romper cuanto que estará basada en las facultades más preciosas, las más indestructibles, y en los dones celestes que el trabajo y el dinero no pueden conferir. 

El dandismo es el último destello de heroísmo en las decadencias; y el tipo del dandi encontrado por el viajero en América del Norte no invalida en manera alguna esta idea: pues nada impide suponer que las tribus que llamamos salvajes sean los restos de grandes civilizaciones desaparecidas. El dandismo es un sol poniente; como el astro que declina, es soberbio, sin calor y lleno de melancolía. Pero, ¡ay! la marea creciente de la democracia, que invade todo y que nivela todo, ahoga día a día a esos últimos representantes del orgullo humano y derrama odas de olvido sobre las huellas de esos prodigiosos mirmidones. Los dandis se hacen cada vez más raros entre nosotros, mientras que entre nuestros vecinos, en Inglaterra, el estado social y la constitución (la verdadera constitución, la que se expresa por las costumbres) dejarán todavía largo tiempo un lugar a los herederos de Sheridan, de Brummel y de Byron, si es que se presenta alguien digno de ellos.


Charles Baudelaire - El pintor de la vida moderna

lunes, 31 de marzo de 2014

El dandismo por Baudelaire (I)

Jep Gambardella en una imagen de La Gran Belleza 
El hombre rico, ocioso, y que, incluso hastiado, no tiene otra ocupación que correr tras la pista de la felicidad; el hombre educado en el lujo y acostumbrado desde su juventud a la obediencia de los demás hombres, aquel en fin que no tiene más profesión que la elegancia, gozará siempre, en todas las épocas, de una fisonomía distinta, completamente aparte. El dandismo es una institución vaga, tan extravagante como el duelo; muy antigua, ya que César, Catilina, Alcibíades, nos ofrecen tipos deslumbrantes de ella; muy general, ya que Chateaubriand la ha encontrado en los bosques y en las riberas de los lagos del Nuevo Mundo. El dandismo, que es una institución al margen de las leyes, tiene leyes rigurosas a las que están estrictamente sometidos todos sus súbditos, sean cuales fueren por lo demás la fogosidad y la independencia de su carácter. Los novelistas ingleses han cultivado, más que los otros, la novela de high life, y los franceses que, como el Sr. de Custine, han querido escribir especialmente novelas de amor, han tomado primero la precaución, muy juiciosamente, de dotar a sus personajes de fortunas lo bastante grandes para pagar sin vacilación todas sus fantasías; a continuación los han dispensado de toda profesión. Estos seres no tienen otra profesión que la de cultivar la idea de lo bello en su persona, satisfacer sus pasiones, sentir y pensar. Poseen así, a su antojo y en gran medida, el tiempo y el dinero, sin los cuales la fantasía, reducida al estado de sueño pasajero, apenas puede traducirse en acción. Es desgraciadamente muy cierto que, sin el ocio y el dinero, el amor no puede ser más que una orgía de plebeyo o el cumplimiento de un deber conyugal En vez de un capricho ardiente o soñador, se convierte en repugnante utilidad. 

Si hablo del amor a propósito del dandismo, es porque el amor es la ocupación natural de los ociosos. Pero el dandi no tiene el amor como fin especial. Si he hablado de dinero, es porque el dinero es indispensable para las personas que hacen un culto de sus pasiones. Pero el dandi no aspira al dinero como algo esencial; un crédito indefinido podría bastarle; abandona esta grosera pasión a los mortales vulgares. El dandismo no es siquiera, como muchas personas poco reflexivas parecen creer, un gusto desmesurado por el vestido y por la elegancia material. Esas cosas no son para el perfecto dandi más que un símbolo de la superioridad aristocrática de su espíritu. Igualmente, a sus ojos, prendados ante todo de la distinción, la perfección del vestido consiste en la simplicidad absoluta, que es en efecto la mejor manera de distinguirse. ¿Qué es pues esta pasión que, convertida en doctrina, ha hecho adeptos dominadores, esta institución no escrita que ha formado una casta tan altiva? Es, ante todo, la necesidad ardiente de hacerse una originalidad, contenida en los límites exteriores de las conveniencias. Es una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se encuentra en otro, en la mujer, por ejemplo; que puede sobrevivir incluso a todo aquello que llamamos ilusiones. Es el placer de sorprender y la satisfacción orgullosa de no sorprenderse nunca. Un dandi puede ser un hombre hastiado, puede ser un hombre doliente; pero, en este último caso, sonreirá como el lace de demonio bajo la mordedura del zorro. 

En ciertos aspectos, el dandismo limita con el espiritualismo y el estoicismo. Pero un dandi nunca puede ser un hombre vulgar. Si cometiera un crimen, es posible que no cayera en desgracia; pero si ese crimen proviniera de un origen trivial, el deshonor sería irreparable. Que el lector no se escandalice de esta gravedad en lo frívolo, y que recuerde que hay grandeza en todas las locuras, fuerza en todos los excesos. ¡Extraño espiritualismo! Para aquellos que son a la vez sacerdotes y víctimas, todas las complicadas condiciones materiales a las que se someten, desde el arreglo irreprochable a todas las horas del día y de la noche hasta las pruebas más peligrosas del deporte, no son sino una gimnasia adecuada para fortificar la voluntad y disciplinar el alma. En realidad, no me equivocaba del todo al considerar el dandismo como una especie de religión. La regla monástica más rigurosa, la orden irresistible del Viejo de la montaña que ordenaba el suicidio a sus discípulos embriagados, no eran más despóticos ni más obedecidos que esta doctrina de la elegancia y de la originalidad, que impone, ella también, a sus ambiciosos y humildes sectarios, hombres frecuentemente llenos de fogosidad, de pasión, de valor y de energía contenida, la terrible fórmula: 
Perinde ac cadaver!

Charles Baudelaire - El pintor de la vida moderna

sábado, 8 de marzo de 2014

Invitación




Larga lengua de mar

sin calma en la mirada del regreso
esta calle que puebla su soledad con hojas,
que se enreda en la luz como un racimo
de sombras o de barro,
de periódicos húmedos
sobre el aceite añil de las baldosas,
y carmín olvidado en las paredes,
y jardines con dudas
o la hiedra
sumergido los hierros burgueses de la puerta.

Larga lengua de mar en mi memoria.

Bajo la luz francesa se recrean
el número vigía en los portales,
la pequeña sirena reflejada,
sus labios sobre el agua,
el teatro vacío de los músicos
esperando el domingo.
Todo como un reclamo primitivo,
el aire que levanta la cabeza
del corazón y empuja
al oficio extranjero de escribir su nostalgia.

Y nada es neutro,
ni siquiera las sombras de las casas antiguas
preguntando
su paisaje perdido en las aceras,
ni siquiera la grúa
que lejana,
hermosa como un cisne,
tiende su largo cuello y lo descansa
sobre el alero gris del horizonte.

Yo bajé a la ciudad
en esa hora incierta,
presentida,
donde tiritan todos los semáforos,
en ese campo oscuro,
dibujado,
donde sopla la brisa de los taxis
con su reflejo a musgo,
donde la luz oculta
las ojeras brillantes de los barrios,
poniendo en cada cuerpo
una mirada larga, una escena vacía.

Yo estuve en la ciudad,
y entristeciendo al tiempo de recorrer sus signos,
vagabundo en la luz de los escaparates,
quiero doblar la esquina,
descubrir otra espalda,
buscar un corazón municipal y amigo
que me abra la puerta de sus ojos
y me invite a pasar.

Llámame,
voy a volver contigo,
recorriendo despacio las calles que no existen
cuando tú no me llamas,
caminando por ti
a través de la ira pequeña de la tarde.
Llámame,
son apenas las ocho, apenas una leve
sonoridad de vida
regresa en las aceras,
se confunde en la prisa de los adolescentes,
precipita su paso por las últimas tiendas,
abre su colorido
metálico y humano
de parejas en coches abrazadas,
extraños que se miran
bajo la carpa incierta del deseo,
bajo la luna artificial.

Mírame regresando
sobre las altas casas de este abril distraído,
yo que tanto temía las fronteras.

Entre los árboles,
el sol parece el ojo de un borracho.

Llámame,
hoy es otro el horario,
es distinto el calor de su reinado,
la imagen de unos siervos con sangre diferente,
con dignidad de seres racionales,
corazones pensantes que podrían hablar
si no estuviesen solos,
si alguien los llamara.

Pero todo convoca a tu presencia:
mírame regresando.

Los portales abiertos,
los anuncios,
me recuerdan tu piel,
ese reino sin dudas
donde pretendo hablar del horizonte.

El horizonte
como la barra sucia de un bar desconocido
en la que nunca me podré apoyar.

(Diario cómplice) 1987 Luis García Montero